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Orgía de letras

Tercer vuelo en una semana y me restan aproximadamente 7 días, 11 horas lejos de ti, de tus ojos, de tu aroma, de tus besos salvavidas. Hemos hablado poco estos días: mi trabajo ha absorbido mi mente y siento la cabeza inundada… a veces quizá sin energía; sin embargo, no ha desaparecido esa felicidad de tenerte nuevamente, ni tampoco se ha escapado la ilusión maravillosa de volver a verte.

Mientras el avión se desliza por las nubes, y debajo de él el mundo dibuja  selvas interminable siguiendo su camino, abro mi libreta para intentar que la tinta imite el sonido de mi voz y en el papel la plasme, esperando que al leerme, me imagines deletreando cada palabra en tu oído y puedas llegar a sentir algo de lo que en este momento siento.

Sé que tu alma prefiere demostrar con acciones su amor, por eso te pido que me entiendas. No es coincidencia que cuando más estoy sintiendo, ya sea algo bueno o malo, algo triste o feliz, enseguida me vuelco a trazar intentos de poemas o historias. Para mí, las palabras tienen más profundidad que unas cuantas orgías de letras. Las veo como neuronas que se extienden a lo largo del papel y a la vez transportan desde mi mano pequeños impulsos de inspiración y los llevan directo hacia ti, a través de tus ojos. Escribo no para fingir o pretender sentir algo, sino para dejar memoria de algo que de otra manera sería intangible.

Siempre he pensado que la escritura es el más grande invento del hombre. El papel, el abecedario, el idioma… todos son herramientas que forman constelaciones y gravitan en el universo de los pensamientos. Hoy, mi vida, tú abarcas cada rincón de la gran telaraña de ideas dentro de mi cabeza. Eres el principio y el fin de cada uno de mis días, ya sea que estés frente a mí o como ahora: a unos tantos miles de kilómetros.

Es mi intención que al leerme, el tiempo se diluya y se vuelva nada. Que en una semana, diez meses o cinco años, puedas abrir esta carta y te transporte exactamente a este momento, 21 de diciembre a las 8:44 a.m., y que tu corazón sienta que lo único que ha envejecido es el papel y la tinta, y no todo lo que cargan dentro.

Son estos sentimientos, sueños e ideas, los que pretendo inmortalizar en estas letras, para que hoy, mañana, y siempre, recuerdes el lugar tan profundo y lindo en el que dentro de mí te has guardado.

Tuyo siempre.

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Farhampton

Ayer, mientras llovía, decidí salir a manejar por la ciudad. Subí al auto, encendí el estéreo, y puse a repetirse aquella canción que sonaba la primera vez que nos besamos. Siempre he pensado que hay algo un cuanto poético en el caos de una ciudad inundada: los charcos, los baches, las contadas personas que corren en las banquetas para refugiarse de algo tan hermoso como la lluvia, como si no entendieran que a veces un poco de agua inesperada cayendo por el cuerpo es lo necesario para sentirse vivo. En el fondo, los cerros lo entienden, porque basta un día como estos para transformar esos colores grises en miles de tonos verdes.

A veces, conducir en solitario es terapéutico. Me gusta eso de perderme en las calles mientras platico conmigo mismo. Me gusta encontrar momentos perdidos en la memoria, esos momentos que salen a la luz como un dèjá vu, incluso con las cosas más simples: pasar por aquel semáforo en el que gastábamos el tiempo besándonos, hasta que los coches de atrás comenzaban a sonar el claxon. O ver la infinita permanencia de esa banca de aquel parque en la que nos sentamos a platicar de nuestro pasado. Recordé, entre tantos pensamientos, que como hoy también fue un siete el día en el que te conocí, y para ser sincero, sigo debatiendo conmigo mismo si fue hace poco o mucho tiempo. Podría ser poco si pienso en que hace apenas unos ayeres no sabíamos de nuestra existencia. Tú estabas en tu camino y yo estaba en el mío, tú viviendo tu vida y yo la mía. Pero hoy, que por alguna jugada del destino existimos -y sabiendo que pronto te irás- pienso en lo rápido que se han pasado los días, los momentos, las historias: cómo ayer aún me perdía camino a tu casa y hoy hasta se volvió parte de mi rutina. Y en el fondo se me apachurra un poco el corazón, imaginar que algún día no volveré a manejar por estas calles. ¿Sabes? Hasta voy a extrañar que me digas “me gusta como hueles”, que sin un motivo en especial pongas tu mano en mi brazo y me acaricies, y yo apretarte contra mi cuerpo y besarte hasta que te hartes; mover suavemente mis dedos por tu cabello y ver cómo cierras los ojos mientras rozo la parte detrás de tu cuello. Como diría la canción: tus besos y el cafuné. Creo que si por mí fuera, comenzaría de nuevo esto de conocerte y lo haría una y otra vez: vivir junio tantas veces como si no existiera algún otro mes.

Conocerte ha sido algo casi mágico, porque aparte de descubrirte, también he descubierto muchas cosas de mí. Me has inspirado a ser más ambicioso en mis metas, a salirme de mi zona de confort con tan solo decirme “vas”… a crecer, a creer en mí, a disfrutar. Yo, que suelo ser tan precavido en esto del amor, decidí abrirme completamente contigo: un tanto a ciegas, un tanto arriesgado, aun sabiendo lo que pasaría. Y la verdad es que no me arrepiento: en poco tiempo entendí lo que uno encuentra cuando deja de buscar, que las muestras de cariño no se piden sino simplemente se dan. Me gusta tanto eso de sentir que floto cuando tus labios puedo besar. Cada vez que descubro algo nuevo sobre ti siento que mi corazón sonríe, siento paz… y me dan unas ganas enormes de preguntarte cien cosas más, aunque a veces imagine escenarios que quizá se cumplan jamás. Y para serte sincero, detesto sentir que el tiempo no nos va a alcanzar. Quizá nunca sabré cuál es tu sabor de nieve favorito, o qué paisaje de qué país te atrapó y aún recuerdas, o qué canción sueles cantar en la regadera. Quedarme con las ganas de tanto es lo que me aterra. Y aunque por fuera sonría sabiendo que eres la primera persona a la que le he dedicado un arcoíris, sé que por dentro duele un tanto: tener que conformarme con la idea de que solo fuimos un amor de verano. A mí, que siempre me ha gustado permanecer en control, siento que esta vez lo he perdido. Y no puedo negar que ha sido difícil estar en paz con ello: tener que dejar en bocetos esas ganas de conocer el mundo contigo, de pisar otros suelos con esos viejos Stan Smith. No sé, creo que eso me habría hecho sentir un poco más feliz.

Hace no tanto me preguntaste qué pienso, y me quedé mucho tiempo en silencio. La verdad es que por ahora siento que no sé qué decir, no sé qué voy a hacer. Solo sé que he intentado mantenerme positivo. Me gusta pensar que las cosas pasan por algo: que te conocí por algo, que comencé a sentir cosas lindas por ti por algo. Que esto no fue una coincidencia, sino una sincronicidad. Quisiera pensar que existe la posibilidad de que algún día la vida nos vuelva a encontrar. Puede ser que sí, o no, quizá. Quizá algún día lo podamos volver a intentar. Pero no sé, de verdad no sé qué va a pasar. Quizá en unos meses, sin darnos cuenta, de un día para otro dejemos de hablar. O quizá sí se cumpla eso de que te voy a ir a visitar. No sé. No sé. Quizá lo único de lo que estoy seguro es de que definitivamente te voy a extrañar.

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Mahahual

Nunca me sentí tan yo hasta el día en el que me volví uno con el mar. Aún recuerdo la sensación de la arena tocando las plantas de mis pies. Aún recuerdo respirar y sentir la sal merodeando en el aire. Aún recuerdo la temperatura del agua, esa tibieza tan linda y perfecta en la que el cuerpo de pronto se olvida de sus fronteras y comienza a sentirse infinito. Aún recuerdo la luz del sol, de ese sol que pasa todo el día intentando encontrar la manera de quedarse por siempre en el horizonte, buscando llenar el cielo de más atardeceres, y no se rinde, y se aferra, y aunque todas las noches fracasa, al día siguiente abre los ojos y de nuevo lo vuelve a intentar. Y las olas, con su golpeteo tan característico, ese que pareciera ser una repetición de lo mismo, hasta que por una vez en la vida cierras los ojos y detienes el tiempo, tan solo un segundo, y en ese instante el oído se afina tanto, al grado de encontrarle a cada ola su singular manera en la que suena al chocar.

En unos momentos quería hundirme, en otros flotar, romperme en la arena, yo quería volar. Y dentro de mí sentí cómo mi corazón latía cada vez más lento, hasta que ya no lo pude escuchar. Todo se detuvo a mi alrededor, y aunque el sol se quedó inmóvil, por primera vez sentí su calor. Y pensé en mí, pensé en ti, y pensé en nosotros. Pensé en lo mucho que estaba aprendiendo sobre el amor, sobre la vida, y sobre otras tantas cosas… y pensé en tu sonrisa, en tu boca, en el tiempo que me llevó entender que con prisa, o sin ella, a cada cual le llega lo que le toca. Creo que así es como llegaste, porque si te soy sincero no era lo que esperaba: partir con el freno puesto sabiendo que esto algún día expiraba. Después de tanto desmadre en mi corazón, creo que eso no era lo que necesitaba. ¿Para qué la forzaba?

Respiro profundo, mientras el agua a mi alrededor de nuevo sigue su rumbo. Por dentro siento cómo mis pulmones crecen y me inflan el pecho, y me siento completo, me siento con paz, con esa paz que sentí el día que te vi en aquel café. A pesar de mis inseguridades. A pesar de mis fobias sociales. Si te soy sincero, siento que tú te volviste esa prueba que necesitaba experimentar. Necesitaba aprender que soy capaz de tomarme las cosas más despacio, que puedo pararme a respirar. Que está bien de vez en cuando dejar de pensar en mañana, y disfrutar lo que hoy me toca disfrutar. Por eso guardo en mi mente tantas fotos: de lugares especiales contigo, de ratos tontos. Encontré en cada segundo a tu lado una oportunidad de parar el tiempo y aprender a observar la vida pasar. Alguna vez te lo dije, y lo sostengo: de verdad te agradezco por esto, aunque nos dure lo que nos tenga que durar. Que el tiempo se vuelve infinito solamente cuando lo dejas de pensar. Así aprendí a dejar de sentir los días contigo como uno menos, y comencé a verlos como uno más. Dejé de voltear a ver el reloj: platicando juntos, de ti, de mí, de tus sueños y de los míos, y escucharte se volvía eso que yo esperaba con ansias toda la semana, no solo por lo que decías, sino por cómo te expresabas, porque sé que tú no te puedes dar cuenta de eso, pero cuando hablas de las cosas que te apasionan hay algo que se enciende en tu mirada, como si reflejara tu alma, aunque a veces me la escondas, y en lugar de verme a los ojos voltees nerviosa hacia abajo cuando me hablas… aunque me digas que ya hablaste mucho, que si fueras yo, te callaba.

Así, sin darnos cuenta, las horas volaban, hasta que ya era demasiado tarde y me decías que estabas cansada. Y aún faltaba mi instante favorito: besarnos al despedirnos lo era, lo admito. Poder sentir que todo pasa a segundo plano, sentir que me derrito, como si tus labios fueran esa órbita en la que gravito. Y al despedirnos finalmente me tocaba aterrizar, y pensar en cuál iba a ser el siguiente lugar al que te querría invitar. No terminaba ni siquiera de pensar, cuando abrías la puerta nuevamente y me pedías un último beso en la frente, y te decía “detente, mejor bésame lentamente, quiero grabar este instante para siempre en mi mente.” Y te reías de mí, y yo de ti, y los dos de nosotros… Y entonces te vas. De la puerta de mi coche a tu casa cuento los veinte pasos que das, hasta que subes un par de escalones que a menudo sueles brincar. Atraviesas la puerta, hasta no verte más. “Buenas noches. Duerme bonito. Acabo de llegar”.

El mar tiene algo especial ¿no lo crees? Es tan finito e infinito a la vez, como si tuviera una capacidad enorme de limpiar a uno por dentro, aunque solo durante un corto tiempo. Después hay que salir, que la vida sigue y no se va a parar. Y así, mientras abro los ojos, escucho de nuevo a las gaviotas volar. Y te veo aquí, de frente, sonriendo, extendiéndome tu mano e invitándome a nadar. “Volvamos a la orilla. Sentémonos entre la gente. Veamos caer el sol.” Y yo, por dentro, sintiéndome el más afortunado de que existamos tú y yo.

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He estado buscándote

Te dijeron que he estado buscándote y ésa no es la verdad…

Te he encontrado cuando amanece y los primeros rastros de luz se cuelan a mi habitación y me invitan a despertar, aunque la mayoría de las veces me quede ahí, inmóvil sobre la cama, con los ojos cerrados, como apretándolos fuerte e imaginando que al abrirlos ahí vas a estar. Y los abro, y ahí estás: en el calor del sol y en esa estela que entra por mis ojos y se refleja infinitamente por dentro, haciéndolos brillar.

Te he encontrado incluso en ese aroma a mañana que el aire trae consigo cuando entra por la ventana… en esa mezcla de olores que provocan los árboles renaciendo con la primavera, en la fragancia de las flores brotando lentamente del suelo, en el agua que escapa de la bruma y termina por caer cada día para darle vida y esencia a la tierra. Y todo huele a ti y a tu piel, todo huele al perfume que habita en tu cuello y en mis sábanas y en esa playera que algún día me pediste prestada y jamás me pude volver a poner.

Te he encontrado en cada nueva experiencia que se aventura por mi boca, en ese sabor a mar tan propio de las lágrimas, esas que caen por tanta tristeza y felicidad y que a veces lastiman. Ese sabor que me remonta a tantos años atrás: a esos veranos en la casa de la abuela cuando lo más importante carecía de relevancia y lo único que nos preocupaba era encontrar una silla en la mesa para poder probar ese nuevo platillo que nos habría de cocinar. Es así con cada bocado, con cada nueva receta que quiero experimentar, preguntándome siempre por dentro “¿esto le irá a gustar?” Y me consume esa emoción casi inocente de no esperar nada y recibirlo todo, y de ese modo la angustia desaparece y se vuelve paz y calma, y pienso en el sabor y la textura de tus labios, en esa forma tan hermosamente peculiar de tu boca, en mi alma navegando tu cuerpo como si estuviese en algún tour por europa, encontrando en cada centímetro de ti una nueva sensación, un nuevo mundo en donde no exista nada ni nadie y solo existamos tú y yo.

Te he encontrado de día y de noche, en el frío y en el calor, en compañía y en soledad: en esos ratos duros que pesan y duelen y me hacen sentir que termino fundiéndome en la cama, como si mi peso aumentase cien veces y el colchón lograse envolverme y hacerme parte de él. En esos momentos, cuando los sentidos se apagan y uno se apachurra al escuchar ese pequeño murmullo saliendo del tocadiscos, mientras la música viaja y rebota y se apropia de cada rincón de mí, y es ahí cuando escucho tu voz cantando, con esa estúpida habilidad de aprenderte las mil canciones que te ponga, de mover tus labios como si hablaras pero sin querer que te escuchen… y sin embargo te escucho, y te siento, y tu voz se clava completamente en mí; me arropa, me abriga, me acompaña y me hace perder el miedo aunque sea por unos segundos, y en medio de esa serenidad que me brindas vuelvo a sentir frío y calor a la vez, como si tu voz fuese el punto medio perfecto en donde por fin encuentro la manera de detenerme, la manera de ser.

Te he encontrado aquí, te he encontrado allá, te encuentro tan lejos y tan cerca a la vez, en el viento soplando fuerte de norte a sur y haciendo escala por mi cuerpo, provocando erupciones en toda mi piel. Te encuentro hoy, te encuentro ayer. Te encuentro enredada en las sábanas, mirándome fijo con esos ojos color miel; y yo no paro de repetirte “acércate ya, por favor bésame”. Me pides que te abrace y con mis brazos me aferro fuertemente a ti: a tu esencia, a tu luz, a tu boca, a la forma en que rozas mi cuerpo y lo que tu voz en mí provoca. 

Te dijeron que he estado buscándote y hoy vengo a decir la verdad: que no te he buscado, que no te voy a buscar, porque en cada sentido de mi vida, sin buscarte, te he logrado encontrar.

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El problema de las estrellas binarias

Hay amores que duran años y se viven como un relámpago. Hay otro tipo de amores que, por su parte, duran instantes pero son tan fuertes y violentos que parecieran existir una vida entera.

Hoy despierto buscándote en el lado contrario de mi cama, ese minúsculo espacio sagrado que hiciste tuyo por unos momentos. Abro los ojos y las primeras palabras que cruzan por mi boca se apresuran a querer preguntarte qué vas a querer desayunar, esa sutil indirecta para advertirte que se hace un poco tarde y se ha llegado el momento de despertar.

“¿Cómo puedes amanecer siempre con una sonrisa?”, me preguntaste alguna vez. Quizá en esos momentos la emoción ni siquiera me permitía pensar en una respuesta que resolviera tu intriga, pero hoy que vuelvo a amanecer sin ti, entiendo que esa felicidad, esa alegría, esa emoción, esa sonrisa que pocos me conocen, ese yonosequé que instantáneamente me desbordaba al despertar, ese yonosecómo que sentía profundo en el abdomen al verte a mi lado por las mañanas… que todo ello era provocado por ti, por esa sensación de orgullo, de satisfacción, y al mismo tiempo de dudosa y tierna incertidumbre por verte a un lado mío, por saber que otra vez iniciaba mi día contigo, por saber que estabas ahí y que tu boca -esa que siempre me hizo sentir tan débil, tan ingenuo y tan inocente- también estaba ahí, a tan solo unos cuantos besos de mí.

¿Sabes? Siento como si fuésemos un par de estrellas que colisionaron tan rápido, tan aprisa, que el impacto fue emocionalmente violento. Y yo no lo sabía -hasta hoy- pero esa misma violencia, esa forma de absorbernos, de juntarnos, de fundirnos y ser un solo cuerpo… todo era tan solo un presagio, una muestra del breve instante que existiríamos antes de implosionar. Éramos dos estrellas tan iguales, tan parecidas, que al chocar con el otro en realidad lo que hacíamos era chocar contra nosotros mismos. Hoy que ya no existimos, esa galaxia que tanto imaginamos juntos deambula solitaria por los las esquinas más olvidadas del universo, como buscando a alguien que decida habitarla, alguien que decida volverla real.

Es por eso que, cuando cae la noche y las estrellas se vuelven cada vez un poco más visibles, mi mente me transporta a tu lado, a aquella vez que desesperadamente buscábamos por el cielo una lluvia de estrellas fugaces que alguien nos prometió, queriendo fotografiar esas estelas de luz, como si quisiésemos detener el tiempo y vivir impresos en ese momento por toda la eternidad, sin pensar que éramos ellas en realidad y nuestra fugacidad nos ponía desde entonces una fecha de caducidad.

Algunos días, en medio de esos pequeños ataques de pánico que me agobian cada vez que amanezco y vuelvo a descubrir que ya no estás, aprieto mis ojos y deseo desde el punto más profundo de mi alma que las cosas fuesen diferentes. Quisiera poder haber tomado más pausas, poder habernos sentado en alguna plaza de alguna nueva ciudad a tomar un respiro, o dos, o mil… a disfrutar un poco más de los segundos y dejar de pensar tanto en las horas y en los días, a tomarnos de la mano y vivir en el presente antes de pensar en el mañana, a dibujarnos con las yemas un camino infinito entre nuestros lunares, como conectando los puntos una y otra vez hasta jamás terminar . Sin embargo, y sin alternativa, hoy uso la poca fuerza que aún me queda para voltear al cielo e imaginar que en alguna de esas estrellas continúas viajando tú, que ahí estás, que ahí sigues, y aunque no me atreva a decírselo a nadie, te confieso que lo hago deseando que en algún momento esa estrella, tu estrella, vuelva a cruzarse por mi universo.

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Ámsterdam

Hoy quiero desconectarme del mundo y dedicar mi tiempo solo para ti. Quiero salir a caminar por Ámsterdam tomado de tu mano y pretender que los atardeceres en los canales son una rutina nuestra más, como si nos conociéramos de toda la vida y al mismo tiempo existieran tantas cosas que preguntar. Es que contigo todo se siente nuevo y cada respuesta es un planeta desconocido en el cual aterrizar, y al sentir tu mano rozando la mía me transporto tantos años atrás: contigo soy un niño de ocho años descubriéndote poco a poco y siempre queriendo saber un poquito más.

Gracias por acompañarme en la carretera cuando la monotonía de la vida nos orilla a improvisar, por reírte de mis locas ideas y jamás tener miedo a intentar, por enderezar mis días cuando te me acercas a besar, aunque a veces en tu recorrido hacia mi boca sueltes esa pequeña risa que me hace dudar. Gracias por enseñarme a bailar, por sincronizar mi vida a la tuya y siempre empujarme a probar, por recorrer con tus yemas mi cuerpo y hacerme sentir que mi piel comienza a explotar, por hablarme al oído y hacerme las piernas temblar, por despertarme siempre a la misma hora de la madrugada preguntándome si te puedo abrazar, por amanecer conmigo y todos los días llenarme de ganas de repetirlo una vez más. Gracias por invitarme a ser parte de tu vida, aunque nos dure lo que nos tenga que durar. Que el tiempo se vuelve infinito solamente cuando lo dejas de pensar, que a tu lado no importa el reloj mientras estés conmigo y juntos veamos la vida pasar. Gracias por ti, por esto, por todo… gracias por hacerme sentir que contigo es el único lugar en donde quiero y debo estar.

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Al caer la noche

De noche mis sentidos se vuelven finos y logro ver y sentir y escuchar hasta el más pequeño murmullo del aire entrando por la ventana.

De noche, mientras busco conciliar el sueño, la oscuridad se apodera del cuarto y me envuelve en una sábana cálida y fría a la vez, una sábana que no deja que nada me toque pero que tampoco me deja tocar, una sábana que me aísla y me hace orbitar como una luna sin brillo propio.

De noche una docena de personas rodean mi cama y me observan, y las observo. No logro distinguir quiénes son, ni sé si ellos saben quién soy, y aunque intento preguntarles, mi voz no existe y por más que intento gritar y pedirles auxilio mis labios se niegan a moverse.

De noche, cuando logro abandonar la cama, corro al baño a empapar mi rostro, y veo en el espejo cómo la gravedad recoge el agua y logra disfrazar mis lágrimas. Y me observo, y me juzgo, y platico conmigo mismo, y grito por dentro y aprieto mis manos y con mis uñas rasgo mis palmas hasta que ya no las siento más, hasta que mi mente se olvida de ese reflejo sin emociones que me hace recordar que aunque esté, en realidad no estoy.

De noche me transporto de mi cama a tu cama y siento nuevamente tu aroma mientras me pides que te abrace, y me da por pensar en ti, en mí, en nosotros, en lo que éramos y en lo poco que somos, en todas las cosas que siempre te quise decir y nunca pude. Si tan solo hubiéramos hablado las cosas desde un inicio, si tan solo hubieras sabido que te quería incluso antes de tenernos, si tan solo supieras que en tu cuerpo encontré el cráter perfecto para alunizar, que tus labios despertaron en mí una curiosidad estúpida, que moría por conocer todo tu universo y que importarte siempre fue lo más importante para mí.

De día corro contrarreloj y guardo en frascos pequeños restos de luz, esperando que al caer la noche la oscuridad no logre apoderarse nuevamente de mí.

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A veces sueño

A veces sueño que nado en tus ojos turquesa y es extraño porque sin fuerza siento que floto y es tan refrescante y reconfortante ser tan ligero dentro de ti, como si mi cuerpo y mi peso no existieran y yo flotase eternamente ahí, como si yo me desvaneciese hasta ser uno contigo, y caminar contigo, y respirar contigo, y vivir contigo hasta que ya no exista nada más.

A veces sueño que mis días son eternos y cuando por fin terminan me encuentro contigo y sin decirnos nada recuesto mi cabeza en tu pecho, con la piel evaporándose violentamente de nosotros y perdiéndose entre la arena del mar y el viento; mi oído pegado a tu corazón latiendo a la par del mío y acelerándose mientras la cima de mis manos provocan en ti diminutas erupciones de amor.

A veces sueño con mis obsesivas rutinas, con mis meticulosos pasos, con mi manera tan precisa y predecible de hacer todo: sueño que tomo la misma bicicleta, sueño con la misma ruta, con la misma calle; sueño que me detengo en la misma tienda a comprar la misma botella de vino que tanto disfrutamos. Esas rutinas tan mágicas que se esparcen a lo largo de mis días hasta que llego a la puerta de tu edificio y arranca a prisa el segundero. A los treinta segundos apareces detrás de un balcón repleto de cigarros extintos. Sonríes, y me arrojas la llave por la ventana; subo los veintisiete escalones hasta tu puerta y en ese preciso momento las monótonas rutinas dejaron de existir. Contigo lo único que siempre se repetía es que jamás sabía lo que iba a pasar; todo era lo mismo, pero nuevo: la misma botella, las mismas personas, las mismas risas, las mismas caricias, pero siempre en distintos momentos, con distintas risas, con distintas ganas de ser nuestros.

A veces sueño con la última vez que te vi, con esa estúpida discusión que nunca debió pasar; me mirabas con ojos de tristeza y rabia y yo sentía coraje y amor y te juro por Dios que a pesar de las cientos de noches soñando contigo sigo sin saber por qué sucedió. Sueño con ese momento en el que estúpidamente corrí a subirme al autobús sin despedirme de ti. Sueño que camino por el pasillo hasta llegar a la última fila, sueño que me fundo en el asiento, sueño que volteo hacia atrás y al asomarme por la ventana observo cómo sales corriendo de tu apartamento persiguiéndonos, mientras cada segundo que pasa tu silueta se vuelve cada vez más y más pequeña y yo por dentro intento convencerme de que alguna vez nos veremos de nuevo.

A veces sueño que mis sueños no son sueños y vivo en una repetición perpetua de ese último viernes de octubre en el que desapareciste de mí. Y te juro por mi vida entera que la angustia me hace pedazos y todas las noches antes de dormir se aprietan mis ojos y mi corazón y por dentro deseo con toda mi alma soñar contigo una última noche. Aunque discutamos, aunque nos odiemos, aunque nos despidamos, aunque nos olvidemos. Aunque duela, quiero despertar sabiendo que mis sueños son solo sueños y que tú y yo nos despedimos por última vez.

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Casualidades

Nunca creí en las casualidades. Tantas veces y tantas vidas estuve enfrascado en la idea de que lo escrito, escrito estaba y jamás dejé en algunas otras manos lo que siempre le correspondió al destino. Es, quizá, una manera muy simplista de vivir la vida. Hago, y si no hago alguien más hará, y si no se hizo es porque no tenía que haberse hecho, por más confuso que suene.

Mientras pienso, el reloj sigue su rumbo y las manecillas no se detienen. Son las tres y veinte de la madrugada y es luna nueva; la oscuridad inunda el cuarto y estas cuatro paredes tan distintas a tantas pero a la vez tan iguales atrapan mis sueños y me quedo en vigilia. Muchas y otras tantas veces estuve despierto a las tres y veinte; aún recuerdo lo escandaloso del silencio y las piruetas de mi mente intentando encontrarle a mi insomnio una razón de ser. Hoy la noche es igual que siempre, y deja entrever debajo de su falda un millón de estrellas que en más de una ocasión, en mi soledad y quietud, repasé; pero hoy es distinto y el silencio se quiebra en mil pedazos mientras escucho a mi lado el sonido de tu respiración: ese sonido que la vida acomodó en mi camino y que ahora me acompaña todas las noches.

Duermes y sueñas y descansas, hermosa, para mañana iniciar un día más, mientras yo te observo y me enamoro de tus ojos cerrados y tu desnudez y batallo y peleo con mis creencias al recordar la primera vez que te vi: en el lugar menos pensado y menos planeado. Yo ni siquiera quería estar ahí, pero por alguna razón que aún no logro encontrar contesté que sí, y seguí sin entender qué hacía ahí hasta que de pronto apareciste y te vi. Tú ahí tan inocente, tan bella, con esos labios rojos, con tu mirada penetrante y tu mil veces mágica sonrisa. Recuerdo cuando te saludé, recuerdo exactamente lo que vestías: una falda negra y una remera de The Strokes que hoy al recordar, tantos años después, siguen invadiéndome esas pequeñas explosiones y sensaciones en mi piel.

Aún duermes, amor. Aún vives en algún mundo imaginario mientras acá afuera te veo girar de un lado para el otro, descubriendo cada centímetro de tu cuerpo, esas pequeñas cicatrices que tanto reprochas pero que te vuelven real; esas marcas del pasado que tanto hablan de ti, de nosotros, de los buenos y malos ratos, de nuestra manera de amarnos, de tomarnos de la mano con fuerza y salir adelante juntos. Ninguno primero, ninguno detrás. Juntos; porque esa es la manera en la que aprendimos a vivir, tú guiándome y yo guiándote ante tanta adversidad.

Te juro que a veces quisiera no haber pasado por todo lo que pasamos. Te juro que a veces quisiera tomar un poco de lo tanto que me has enseñado y llevarlo al pasado para evitarte tantos malos ratos. Aún duele verte y ver la alegría que le provocas a mi corazón y sentir que alguna vez te provoqué todo lo contrario. Si la vida me permitiera ir atrás te abrazaría más, te querría más, te cuidaría más. Evitaría juzgarte cuando lo único que querías eran algunas palabras de aliento. Te querría más. Te querría más. Te querría muchísimo más. Viajaría a un día antes de conocerte, una semana antes, una vida antes, y daría en cambio la mía para hacerte sonreír cada minuto y cada segundo adicional a tu lado.

Gracias por quedarte, pequeña. Gracias, porque era muy sencillo sugerir desde afuera, aguantar desde afuera. Pero tú… tú te quedaste. Te quedaste a mi lado y me hiciste entender con amor todo lo que estaba mal en mí y me llevaste de la mano sin soltarme, sin rendirte. Dijiste que sí cuando más temía perderte y fuiste tan valiente, tan segura, y tan decidida, que no tuviste miedo de aceptar vivir el resto de los tiempos juntos.

Quisiera algún día poder devolverte un poco de lo tanto que has provocado en mí. Solo con amor podría pagarte todo eso que viniste a revivir, porque pensándolo bien no quisiera cambiar nada de lo que vivimos. Agradezco cada acierto y cada error, cada cima y cada bache que superamos; agradezco cada bendita decisión que me llevó a encontrarte en el lugar adecuado, en el momento perfecto. Agradezco hoy poder compartir nuestros sueños y cumplirlos juntos. Agradezco todas esas piezas misteriosas que se fueron acomodando y que al final te convirtieron en la casualidad más hermosa de mi vida.

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No quiero solamente sexo contigo

roadtrip

No quiero solamente sexo contigo. Quiero tenernos y confiarnos y hacernos confidentes y amantes en todo el sentido de la palabra. Y no: amantes no significa lo que tú piensas. Quiero amarnos.

Quiero volver a salir entre semana al cine contigo. Quiero ir a tatuarnos juntos y que ese se vuelva un lazo eterno entre nosotros. Quiero viajar, quiero conocer, quiero probar cosas, cafés, comidas, drogas, experiencias nuevas contigo. Escuchar nueva música, bailar, quiero contar los lunares de tu cuerpo una vez más y tatuarme el número de ellos en mi pecho. Quiero guardar tu aroma en un frasco para olerlo todas las noches mientras hacemos FaceTime y sentirte físicamente aquí, conmigo. Quiero que me digas que saliste a una tienda y una esencia te recordó a mi. Quiero que salgas de tu casa y que en lugar de ir al gimnasio prefieras ir a besarme, que de repente me sorprendas en algún lugar en donde no te esperaba ver. Quiero ir por ti a tu escuela y llevarte nieve cuando te vaya mal en un examen, y comprarte chocolate cuando te estás desangrando por los malditos caprichos de la vida. Quiero mandarte flores a tu casa y que te tomes cien fotos distintas con ellas porque las amas y me amas.

Quiero que dejes de temer, quiero que te agarres a mí, quiero que no me dejes ir; quiero que te subas a mi carro y pretendamos irnos de viaje por todo México y que las horas en las que estemos juntos sean infinitos solamente nuestros. Quiero que llegues a tu cuarto y cierres la puerta y tomes el celular y me digas “hey, valió demasiado la pena, ya quiero volver a verte…” y leerlo mientras manejo y reírme porque te quiero y porque tengo la dicha de besarte y decirte que también te quiero, una y otra vez.

Quiero que estemos juntos el tiempo que tengamos que estar, y si la vida lo quiere que nos vayamos juntos a algún lugar a vivir de esos que tanto te gustan como Guadalajara o la capital, y nos olvidemos de que a la gente le caga vernos juntos, porque juntos es como sabemos y disfrutamos existir.

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