Despierto y en mis ojos una lágrima grita tu nombre: esa lágrima inextinguible que desliza mis ganas hasta llegar a mi boca, acompañada del infinito deseo de que tú vuelvas a ser tú; de que vuelvas a ser esa especie de manía por contar los minutos que le faltan al reloj para verte, aunque fuere en mis sueños.

El sabor de tu vida se desvanece en mis labios; la manera de ser tan única y tan suficiente, tan necesaria como los rayos cobres que desprenden de tu cielo; los pequeños cráteres de tinieblas que escondes en tus mejillas.

Tu nombre suena como nostalgia pura, como un fresco de la ingenuidad y satisfacción de los cientos de segundos, nuestros segundos.

Tu voz. Tu sonrisa. Tu todo.

Eres tú, y eras tú, y me acostumbraste siempre a ser tú, y ahora que tú ya no eres no encuentro otra cosa más que ser nada .