Son las cuatro de la mañana y no tengo idea de qué escribir. Tengo la cabeza bloqueada, la mirada cansada y el tiempo perdido. Puedo escribir mil cosas que no entiendo: no entiendo a la suerte, no entiendo a los demás, ni a mis amigos, no me entiendo a mí mismo y mucho menos puedo entenderte a tí. Quizá es que oyes, pero no me escuchas.No comprendo cómo eres, qué piensas, o a qué temes. No sé qué escondes al hablar, o por qué lo que hablas siempre lo termino descifrando mal.

Odio que seas rediferente, pero a la vez me pones loco. Odio también tu forma de ver el mundo, pero me doy cuenta que igual es a como yo lo veo. Odio que sea tan imposible, pero sé que bien vale la pena improvisar cuando se da el momento. Odio el ruido de los grillos, de los árboles, del viento, porque por más que intento no me dejan concentrar. Y en medio de mi propio alboroto, te pienso; y es en esos segundos, en esos minutos, en esos momentos, que descubro esa chispa que trae tu sonrisa cada vez que la imagino; y es, también, cuando el tiempo pasa de la manera más rápida y lenta a la vez, mientras por dentro todo gira y se revolotea, sin dejar de imaginar.

No es que tu mirada me sea imposible.
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