Un día vi al cielo, y en el encontré una estrella fugaz; sin pensamiento distinto en mente, titubeando y aún sorprendido por lo excéntrico de la situación, decidí convertir mi anhelo en un deseo. Bien sabía que aunque fuera un disparate nada perdía con intentarlo. Y pedí conocer a una preciosa mujer, a una princesa con la que pudiera estar todos, si es que quedan, los días restantes de mi vida; deseé tener a alguien para poder darle ese objeto tan extraño, pero tan singular, que muchos llaman amor.

Pero tan pronto como alcé mi voz gritando mis sueños fue que me ensimismé pensando en lo que recién había hecho: solo un tonto grita al cielo anhelando que estos se cumplan. Y estrellado está el cielo como fascinado está mi corazón. Te conozco de tal forma que estoy cautivado contigo, atado a tí, maravillado por tu forma de ser, el poder de tu sonrisa cuando digo esas ocurrencias que provocan esos gráciles gestos tan inocentes y hermosos en tí. Puedo imaginar aún esa estela que iba dejando el lucero al ver tu cobrizo pelo moviéndose mientras me susurras esas pequeñas frases al oído, haciéndome reír. No sé si en realidad vi o no una estrella fugaz, pero sé que a cambio te tengo aquí, haciéndome de cada día algo más perfecto y feliz.